Nacho Vigalondo lo ha vuelto a hacer. Y esta vez lo ha hecho a lo grande, abrazando el delirio nacional como si fuera un género propio. Con Superestar, el director cántabro nos lanza de cabeza a uno de los rincones más absurdos, tristes y fascinantes de la cultura popular española reciente. Y lo hace como mejor sabe: sin red, sin vergüenza y sin pedir permiso.
- Fecha de estreno: Desde el 18 de julio de 2025 en Netflix
- Género: Comedia, Drama
- País: España
- Año de lanzamiento: 2025
- Dirección: Nacho Vigalondo
- Reparto: Ingrid García Jonsson, Secun de la Rosa, Carlos Areces, Pepón Nieto, Juan Villagrán, Rocío Ibáñez, Natalia de Molina, Sofía González
- Plataforma:
Netflix
Con el cambio de siglo, un cometa cruzó el cielo de España, rompiendo las leyes de la fama y el éxito, y difuminando la línea que separaba lo popular de lo ‘underground’. Durante unos años, las únicas caras que aparecían en las portadas de las revistas y en los programas de televisión de máxima audiencia eran las de famosos que parecían sacados de otra dimensión. Criaturas que hasta entonces habían estado condenadas a la burla y al desprecio y que acapararon nuestra atención sin adaptarse a ninguna normalidad. Un relato mágico donde caben conspiraciones esotéricas, noches eternas, ladrillos cuánticos, supervillanos multicolores y una improbabilidad hecha estrella: Tamara.
Sobre la serie
Dirigida y escrita por Nacho Vigalondo, y producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, Superestar es una ficción de seis episodios que revisita la cultura pop española de los años 2000 con un enfoque irreverente, kitsch y surrealista. Con un reparto encabezado por Ingrid García Jonsson en el papel de Tamara, la serie reconstruye un pasado reciente a través de la lente del mito, el artificio y la nostalgia delirante.
Crítica de Superestar, de Netflix
En efecto, tal y como imaginarás, Superestar es una serie inclasificable. A medio camino entre la ciencia ficción de mercadillo, el kitsch más orgulloso y el documental emocional que nunca nadie se atrevió a rodar, esta ficción en seis episodios se atreve a meterse de lleno en el que posiblemente fue uno de los fenómenos más esperpénticos de nuestra historia reciente: el llamado Tamarismo. ¿Quién era Tamara? ¿Qué representaba? ¿Por qué nos reíamos tanto de ella? ¿Y por qué ahora no nos hace tanta gracia? Pues eso es, en esencia, lo que plantea la serie. Pero en lugar de hacerlo con solemnidad y didactismo, lo hace a lo Vigalondo: con una narrativa mutante, estética de videoclip ochentero pasado por un filtro de ácido y cameos que parecen surgidos de una Ouija mediática.
Desde el primer minuto, Superestar deja claro que no va a jugar con las reglas del biopic al uso. Aquí no hay linealidad, ni estructura clásica, ni tampoco un intento de dignificación edulcorada del personaje. Lo que hay es una especie de viaje alucinógeno a través de las cabezas de todos aquellos personajes que orbitaban en torno a Tamara (ahora conocida como Yurena, pero eso aquí da igual). Cada episodio se centra en una de estas “estrellas deformadas” que, durante los primeros 2000, lograron colarse en nuestros salones con su mezcla de carisma, tragedia y absurdo.
Y aquí, permitidme el apunte: Superestar no busca ridiculizarlos. Ya lo hicimos nosotros hace veinte años. Lo que hace es algo mucho más complejo (y valiente): los humaniza sin quitarles ni un ápice de su rareza. Y eso, en el panorama audiovisual actual, tiene un mérito brutal.
El reparto es un bendito desmadre
Ingrid García Jonsson interpreta a Tamara con una sensibilidad que desarma. Más allá de un parecido que quita el aliento (gran trabajo de caracterización, por cierto), la intérprete logra capturar algo esencial: su vulnerabilidad, su inocencia, su necesidad desesperada de encajar en un mundo que la rechazaba, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirarla. Su interpretación es una montaña rusa de emociones y gestos contenidos que te rompe el alma por momentos.
Secun de la Rosa, por su parte, se marca aquí uno de los papeles más sorprendentes de su carrera como Leonardo Dantés. Tierno, patético, adorable, desquiciado… es todo eso a la vez. Y funciona como una especie de guía emocional de la serie. A través de su mirada, entendemos hasta qué punto aquel circo televisivo no solo explotó a personas, sino que también creó una realidad paralela en la que todo era posible.
Carlos Areces como Paco Porras es otra liga. Lo suyo ya no es interpretación, es posesión. Hay momentos de su episodio que parecen realizados por David Lynch después de pasar una noche encerrado en una nave industrial viendo zappings de Tómbola. El actor se lanza al vacío sin paracaídas y nos arrastra con él a un universo donde la risa y el espanto se dan la mano.
Natalia de Molina y Rocío Ibáñez también están estupendas, llenas de capas y matices a figuras que podrían haberse quedado en la caricatura fácil. Pero aquí no hay caricaturas. Hay dolor, hay ternura, hay desconcierto. Todo a la vez. Todo al mismo tiempo.
Superestar es una auténtica marcianada
Visualmente, Superestar se mueve entre lo hortera y lo sublime. Los efectos visuales son intencionadamente cutres, los chromas mal integrados, los decorados parecen sacados de una recreación barata de un reality de 1998… pero todo eso es parte del juego. Parte de la propuesta. Porque no se trata de “hacerlo bien”, sino de hacerlo como se vivió. Como se sintió. Y ahí es donde radica la brillantez del asunto. Cada plano, cada transición, cada efecto de sonido parece decirnos: “¿Te acuerdas? Esto era así. Este era nuestro mundo”.
Y lo mejor es que Vigalondo no juzga. No pone distancia irónica ni superioridad moral. Al contrario: se mete hasta el fondo, se mancha las manos, se revuelca en el barro del recuerdo colectivo para intentar entender qué nos pasaba por la cabeza como sociedad para consumir con tanto entusiasmo este tipo de contenidos. Y lo hace desde el cariño, pero también desde la incomodidad.
Y es que, sin duda, Superestar es incómoda. Por momentos, muchísimo. Hay escenas en las que uno no sabe si reír o taparse los ojos. Y esa ambigüedad, esa disonancia emocional constante, es precisamente una de las grandes virtudes de la serie. Nos obliga a enfrentarnos con nosotros mismos. Con lo que fuimos. Con lo que aplaudimos. Con lo que permitimos.
La estructura episódica permite jugar con distintos tonos y estilos, lo cual es todo un acierto. Hay capítulos que funcionan como homenajes psicodélicos, otros que rozan el drama íntimo, y alguno que directamente parece una comedia negra disfrazada de docuficción conspiranoica. No todos tienen el mismo nivel, eso es verdad, pero incluso los más flojos (si es que los hay) aportan algo al conjunto.
Lo más casposo no eran ellos
Superestar es, al final, una reflexión sobre los límites del entretenimiento, la crueldad mediática y la necesidad humana de ser vistos. Es también una carta de amor (y perdón) a todos esos personajes que fueron vilipendiados, explotados y luego abandonados por la maquinaria del show. Es, en última instancia, un acto de justicia poética.
Y sí, lo hace con gamberrismo. Con mala leche. Con humor absurdo. Pero también con una sensibilidad y una empatía que, francamente, no esperaba encontrar en una serie que tiene a Paco Porras hablando con frutas como uno de sus ejes narrativos.
¿Vale la pena?
En conclusión, Superestar no es para todos. Pero los que conecten con ella, lo harán a un nivel muy profundo.
Hablamos de una experiencia. Una de esas que te arrastran, te sacuden y te dejan con la cabeza hecha un lío. No es perfecta, ni lo pretende. Pero es honesta, valiente y, sobre todo, necesaria. Porque reírse del pasado está bien. Pero entenderlo, aunque sea a través del esperpento, está mucho mejor.

