Hubo un tiempo en que Tareck El Aissami caminaba por los pasillos del poder venezolano con la seguridad de quien parecía intocable. Fue gobernador de Aragua, ministro, vicepresidente ejecutivo y luego ministro de Petróleo en los años más turbulentos de PDVSA. Incluso en medio de sanciones internacionales y señalamientos de corrupción, seguía proyectando una imagen desafiante y altiva frente a cámaras y actos oficiales.
Esa imagen se fue degradando tras su captura el 9 de abril de 2024, sin embargo, este viernes 8 de mayo de 2026, poco más de dos años después, se resquebrajó por completo en el marco de su participación en el juicio PDVSA-Cripto.
El antiguo hombre fuerte del chavismo apareció ante el Tribunal Tercero de Terrorismo demacrado y con signos de debilidad física, después de haber ingresado previamente a audiencias en silla de ruedas tras una cirugía por hernia estrangulada y complicaciones con una malla quirúrgica. Algunos señalan que forman parte de una pose. Que finge.
Lo cierto es que ya no hablaba el funcionario poderoso que durante años defendió al chavismo.
Hablaba un hombre que lloró varias veces frente a la jueza Alejandra Romero Castillo mientras relataba cómo —según afirmó— fue destruido física y psicológicamente dentro del mismo sistema que ayudó a construir.
Y en el centro de todo colocó un nombre: Tarek William Saab.
«Haré que te odie el Universo»
El Aissami contó que una de las primeras veces que Saab fue a verlo en cautiverio, llegó acompañado por el fiscal Eddie Rodríguez hasta la celda donde permanecía recluido en Fuerte Tiuna.
La describió como un espacio de menos de tres metros cuadrados, sin ventanas, con una cama de cemento, una poceta rota y un reflector gigantesco encendido las 24 horas del día.
Durante ocho meses consecutivos —aseguró— nunca apagaron esa luz.
La ventilación era artificial y extremadamente fría. “Como una cava”, dijo.
Dormía en el piso intentando encontrar algún punto de sombra para poder cerrar los ojos.
Allí, acostado sobre el concreto, fue observado por Saab.
Según su relato, el fiscal general soltó primero una frase burlona: “Coño, pero si duermes hasta como un príncipe, vale, con aire y todo”.
Y luego vino la amenaza que recorrió toda la audiencia como un fantasma:
Estás muerto. Hoy te odia todo el país, pero yo voy a encargarme de que te odie todo el universo”. Después —según afirmó— Saab le dijo que podía involucrarlo incluso en el caso del rapero Canserbero, aprovechando que había sido gobernador de Aragua. “Me decía que podía acusarme también de homicidio”. La amenaza tenía un propósito claro: quebrarlo.
Policía bueno, policía malo…
El Aissami también señaló al fiscal Eddie Alberto Rodríguez Bencomo —quien lidera la acusación de más de 1.700 páginas contra los implicados— y al fiscal Farik Karin Mora Salcedo.
Según dijo, Eddie Rodríguez asumía el papel del “policía malo”: lo insultaba, lo amenazaba y le repetía que “nadie lo iba a llorar”.
Mientras tanto, Farik Mora hacía el papel del “policía bueno”, aunque igualmente participaba en los interrogatorios y presiones psicológicas.
También acusó al juez Carlos Liendo de cometer “sicariato judicial” por impedirle ejercer plenamente su defensa.
En el plano militar señaló a los mayores generales Iván Hernández Dala y Javier Marcano; al general Rafael Betancourt; a Montilla Seijas, director de investigaciones de la DGCIM; y a Frank Campos.
A todos los responsabilizó de torturas, humillaciones y violaciones sistemáticas a sus derechos humanos.
El preso 11-A
El Aissami relató que el 9 de abril de 2024 hombres encapuchados y armados irrumpieron violentamente en su vivienda sin mostrar orden judicial.
Dijo que golpearon a su esposa, lo esposaron y lo sacaron en camionetas sin placas. “Pensé que era un secuestro. Creí que me iban a matar”.
Aseguró que durante horas no supo dónde estaba hasta entender que había sido trasladado a Fuerte Tiuna. Allí comenzó un aislamiento casi absoluto que duró un año y nueve meses.
Durante ese tiempo —según afirmó— no pudo ver a su padre, a sus hijos, a su esposa ni a sus hermanos. “No tenía identidad. Me convertí en el preso 11-A”.
Relató que rogaba constantemente por una llamada o una visita.
Pero durante más de dos años no pudo abrazar a sus hijos.
Contó que recién volvió a ver a su esposa y a su madre después del 6 de enero de 2026.
Y que todavía seguía suplicando reencontrarse con su padre y sus hijos.
El psiquiatra de Saab
Uno de los relatos más perturbadores frente a la audiencia ocurrió cuando habló sobre un supuesto psiquiatra enviado por Saab.
Según El Aissami, el hombre llegaba acompañado de funcionarios del Ministerio Público y le ofrecía clonazepam “para ayudarlo a dormir”.
Pero después comenzaba —según dijo— un juego perverso.
Mientras permanecía sedado, el psiquiatra lo insultaba, lo humillaba y lo amenazaba.
Le repetía que ya estaba condenado a 30 años de prisión.
Que jamás volvería a ver a su familia.
Que estaba acabado políticamente.
El Aissami aseguró que el fiscal Eddie Rodríguez presenciaba esas sesiones sin intervenir.
Incluso contó que algunos custodios terminaron aconsejándole que no volviera a recibir al psiquiatra porque observaban el deterioro físico y mental en el que quedaba después de cada visita.
Los custodios: Angeles y demonios
En medio del relato, El Aissami habló varias veces sobre los custodios encapuchados que lo vigilaban día y noche.
Reveló que algunos lo humillaban constantemente y le repetían frases como: “No deberías ni respirar”o “Debieron haberte fusilado”. Pero también reconoció que otros mostraron gestos de humanidad que nunca olvidará.
Recordó, por ejemplo, que algunos custodios intentaban ayudarlo a soportar el frío extremo o le aconsejaban resistir psicológicamente. Incluso mencionó a funcionarios que prácticamente actuaron como enfermeros después de la cirugía que sufrió en noviembre de 2025.
En contraste, acusó directamente al comandante Gómez de fotografiarlo constantemente mientras estaba hospitalizado y recién operado.
También relató cómo funcionarios de la DGCIM lo obligaron a regresar a su celda apenas horas después de salir del quirófano, pese a las protestas de una enfermera que advertía que podía agravarse.
Cuando cayó de la silla de ruedas al volver a la celda —según contó— sintió “por primera vez deseos de morir”.
Le hicieron creer que tenía cáncer
La audiencia alcanzó otro momento estremecedor cuando habló sobre su salud.
El Aissami contó que durante casi un año sufrió una inflamación testicular severa mientras suplicaba atención médica.
Finalmente un urólogo militar lo examinó y ordenó estudios.
Pero —según denunció— los resultados fueron utilizados por Montilla Seijas para destruirlo psicológicamente. “Me decía constantemente que tenía cáncer”.
Vivió durante meses creyendo que padecía cáncer de próstata dentro de aquella celda helada y aislada. Solo en julio de 2025 una resonancia descartó finalmente la enfermedad.
Después —según afirmó— también intentaron convencerlo falsamente de que tenía diabetes. Reveló que dejó de comer durante días por miedo.
El dolor más grande
Sin embargo, según su testimonio, nada lo quebró tanto como hablar de Sebastián, su hijo con cardiopatía congénita.
El Aissami contó que un custodio le transmitió un mensaje ambiguo de su esposa: “Voy a llevar a Sebas a chequear lo que ya tú sabes”.
Se desesperó. Suplicó una llamada, una foto, cualquier información. No le permitieron nada.
El 24 de diciembre de 2024, un funcionario le aseguró que su hijo estaba bien. Le pidió incluso que se lo jurara por sus hijas. Quince días después, otro custodio le confesó que Sebastián había permanecido seis días en terapia intensiva.
Allí El Aissami rompió en llanto frente al tribunal. “No me avergüenza llorar”.
Y luego lanzó una frase que dejó la sala en silencio: “Solo Dios tiene derecho a separar a una familia”.
Fijación con Los Miserables, de Víctor Hugo
Durante varios momentos de la audiencia, El Aissami recurrió a Los Miserables.
He cumplido con mi deber según mis fuerzas y he hecho el bien que he podido. A pesar de esto, he sido perseguido, calumniado y proscrito…”, leyó emocionado. Después aseguró sentirse identificado con Jean Valjean, el personaje perseguido obsesivamente durante años.
Dijo que, después del Corán, ese es el libro que más ha leído en su vida. Pero fuera del tribunal seguía pesando otra realidad: para millones de venezolanos, el nombre de Tareck El Aissami continúa ligado a la destrucción de PDVSA, al colapso económico y a uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia contemporánea del país.
Y esa contradicción atravesó toda la audiencia: la caída de un hombre que ayudó a construir el sistema que ahora denuncia.
